lunes, 23 de enero de 2017

Flor de pretericiones




Dulce hijo de mi vida, 
juro por lo que te quiero 
que no ser el mensajero 
me causa pena crecida.
Mas no cumpliréis tres años, 
sin que yo, mi bien, te vea, 
porque alivio se provea 
al proceso de mis daños.
A Dios que mi pecho entiende, 
le pide, pues ángel eres, 
lo ordene como tú quieres 
y tu padre lo pretende.
Dos veces al justo son 
las que Febo ha declinado 
hasta el Capricornio helado 
desde el ardiente León,
después que, hijo querido, 
puse tanta tierra en medio, 
más por buscar tu remedio 
que mi descanso cumplido.
Espérame, que ya voy, 
do te veré y me verás, 
puesto que conmigo estás 
adonde quiera que estoy.
Mas al fin desta jornada 
espero, sin falta alguna 
a pesar de la fortuna, 
que seremos camarada.
Prenderé tu blanca mano 
con esta no blanca mía, 
y hacerte he compañía 
como si fueras anciano.
Y si algún camino luengo 
te cansa o causa embarazos, 
llevarte he sobre mis brazos 
como en el alma te tengo.
Darte he besos verdaderos 
y, transformándome en ti, 
parecerán bien en mí 
los ejercicios primeros:
trompos, cañas, morterillos 
saltar, brincar y correr, 
y jugar al esconder, 
cazar avispas y grillos;
andar a la coxcojita 
con diferencia de trotes 
y tirar lisos virotes 
con arco y cuerda de guita.
Chifle en hueso de albarcoque; 
pelota blanca y liviana 
y tirar por cerbatana 
garbanzo, china y bodoque.
Hacer de la haba verde 
capilludos frailecillos, 
y de las guindas zarcillos, 
joyas en que no se pierde.
Zampoñas del alcacel 
y de cogollos de cañas 
reclamos, que a las arañas 
sacan a muerte cruel.
Romper una amapola, 
hoja por hoja, en la frente, 
y escuchar a quien nos cuente 
Las consejas de Bartola.
Llamaremos, si tú quieres, 
por excusarnos de nombres, 
tíos a todos los hombres 
y tías a las mujeres.
Columpio en que nos mezcamos, 
colchones en que trepemos, 
nueces para que juguemos, 
y algunas que comamos.
Cuarto lucio en el zapato, 
mendrugos en faltriquera 
con otra cosa cualquiera 
y sacar de rato en rato.
Tener en un agujero 
alfileres y rodajas, 
y asechar por las sonajas 
cuando pasa el melcochero.
Y porque mejor me admitas 
de tus gustos a la parte, 
cien melcochas pienso darte 
y avellanas infinitas.
Mazapanes y turrón, 
dátiles y confitura, 
y, entre alcorzada blancura, 
el rosado canelón.
Mas cuando sufra tu edad 
tratar de mayores cosas, 
con palabras amorosas 
te enseñaré la verdad,
no con rigor que te ofenda, 
ni blandura que te dañe, 
ni aspereza que te estrañe, 
ni temor que te suspenda;
antes con sana doctrina 
y término compasado, 
conforme soy obligado 
por ley humana y divina.
Mas pues la vida es incierta 
y no sé, por ser mortal, 
si al entrar tú por su umbral 
saldré yo por la otra puerta,
esto que escribiere aquí 
con paternal afición, 
en los años de razón 
traslada, mi hijo, en ti.
Verás la fe encarecida 
con que pude y quise amarte, 
y quisiera gobernarte 
en las ondas de tu vida,
en cuyo corto viaje 
hallarás tormentas largas, 
mudanzas, disgustos, cargas, 
y mal seguro pasaje.
Verás como nace el hombre 
llorando, pobre y desnudo, 
tan miserable y tan rudo 
que aun no muestra solo el nombre.
Verás después las potencias 
ir valiendo, y los sentidos 
ser de ellas ennoblecidos 
con avisos y experiencias.
Verás que cada animal, 
conforme a su inclinación, 
sigue la disposición, 
de su instinto natural
y solo el hombre pervierte 
sus justas obligaciones, 
si no vence sus pasiones 
como valeroso y fuerte.
Reloj es cierto y solar 
el bruto, y así nos muestra 
lo que otra causa le adiestra, 
sin de ello un punto faltar.
El hombre es globo y esfera 
y al de ruedas comparado, 
que, estando bien concertado, 
trae su cuenta verdadera.
Mas si prudencia no rige 
de su curso el movimiento, 
por una da hasta ciento 
y el tiempo no le corrige.
Sabe, hijo, que si vas 
por el derecho camino, 
un espíritu divino, 
un ángel parecerás.
Mas si tuerces la carrera 
en esta vida mortal, 
quedarás de racional 
transformado en bestia fiera.
Tu secreto en cualquier cosa 
comunícale contigo, 
y no obligues a tu amigo 
a carga tan peligrosa.
Si te es difícil cubrillo, 
como muchas veces suele, 
el otro, a quien menos duele, 
¿qué hará sino decillo?
De la dudosa esperanza 
nunca hagas certidumbre, 
pues, por natural costumbre, 
aun en lo cierto hay mudanza.
Deja siempre la porfía 
primero que se comience; 
porque sin duda la vence 
el que de ella se desvía.
Afable comedimiento 
alaben todos en ti, 
porque resbalar de aquí 
es de bajo entendimiento.
Y ya que no por igual 
trates a los desiguales, 
no les quites, sino dales 
en su tanto a cada cual.
Lo que cierto no supieres, 
no te hagas de ello autor: 
callarlo es mucho mejor 
mientras dudoso estuvieres;
que quien afirma lo incierto 
es hombre de poco vaso, 
y el decir verdad acaso 
imita el mentir más cierto.
Aunque sustenta el honor 
el haber que poseemos, 
de los dos malos estremos 
ser pródigo es el menor.
Es hacienda peligrosa 
la que se gasta sin tiento; 
mas la del triste avariento, 
necesidad muy forzosa.
Al hombre que fuere así 
que no le trates te digo, 
porque mal será tu amigo 
el enemigo de sí.
De los celosos casados 
algunos vimos caer; 
pero no vienen a ser 
tantos como confiados.
Porque si la sujeción 
(cuando es mucha) los despierta, 
¿qué hará abrilles la puerta 
de libertad y ocasión?
Tú, hijo, en este contrato 
abraza el seguro medio; 
que no es áspero remedio 
el moderado recato.
Ten siempre puesta la mira 
en tratar pura verdad, 
porque es gran calamidad 
el ser cogido en mentira.
Esto es fácil de inferir, 
pues no hay razón que consienta 
que sea el mentís afrenta, 
y que no lo sea el mentir.
Y los que usan juramentos 
por ser más acreditados, 
ten los tú por defraudados 
del blanco de sus intentos;
porque bien está entendido 
que suele fabulizar 
quien piensa que sin jurar 
no merece ser creído.
También se jura por uso, 
mas, comoquiera que sea, 
deshonra y culpa acarrea 
la licencia de este abuso.
No aflijas al afligido, 
que, a las veces, el que ha errado 
tiene enmienda consolado 
mejor que reprehendido.
No fíes en los placeres, 
porque pasan como viento, 
y, cuando estés descontento, 
disimula si pudieres;
porque el mal comunicado, 
aunque dicen que es menor, 
no arguye tanto valor 
como el secreto y callado.
Ten mancilla al invidioso 
que se aflige sin provecho, 
alimentando en su pecho 
el áspid mas ponzoñoso.
Es la envidia testimonio 
que denota vil flaqueza, 
es malicia y es simpleza; 
es desdicha y es demonio.
Holgar con el bien ajeno 
es ser partícipe dél, 
piedra de toque fïel 
en que se conoce el bueno.
Las blancas sienes que son 
lustre, corona y riqueza, 
si el seso tiene pobreza, 
lastiman el corazón.
Porque a la florida edad, 
en vicios desenfrenada, 
sucede vejez pesada 
con torpe simplicidad.
Y así, pasando los años 
con su curso acelerado, 
crece el martirio pesado 
y huyen los desengaños.
Las horas y su medida 
debes, hijo, conocer 
y echar en ellas de ver 
la brevedad de la vida.
Son números compasados, 
leguas de la senda humana, 
descripción fácil y llana 
de los esféricos grados.
Son métrica distinción 
de los cuadrantes del día, 
de cuya acorde armonía 
trastes y compases son.
Son del tiempo y su vejez 
la más corriente moneda; 
joyas de rica almoneda; 
sellos del número diez.
Son del sol alternamente, 
centinelas voladoras; 
discretas compartidoras 
de los tratos de la gente.
Son alivio del tormento, 
son esperanzas del bien, 
y un alfabeto por quien 
discurre el entendimiento.
Son macizos eslabones 
que abrazan los elementos; 
conductos y ligamentos 
de las anales sazones.
Son principio desde cuando 
el primero comenzó; 
tiempo que se anticipó 
a todos los de su bando.
Porque el minuto y momento 
y los átomos instables 
no fueron considerables 
hasta llegar á su aumento,
así como no es persona 
un miembro, ni una facción 
ni la unidad, con razón, 
por número se pregona.
Así que las horas fueron 
términos fundamentales 
de tiempos inmemoriales 
que en siglos se convirtieron,
y serán al fin postrero 
remate de la jornada, 
cuando vuelva el primer nada 
y cierren ellas el cero.
Las horas son para orar, 
y el que ignora es un orate, 
como el que espera combate 
sin armas para lidiar,
y son, mi hijo querido, 
para consideración 
de que las cosas que son 
pasarán cual las que han sido.
Obra con peso y medida 
y cogerás con decoro 
de las horas aquel oro 
que enriquece más la vida;
y contino se te acuerde 
de que el tiempo bien gastado, 
aunque parezca pasado, 
no se pasa ni se pierde.
Pásase y piérdese aquél 
que los hombres gastan mal, 
y es desdicha sin igual 
que se pierden ellos y él.
Todo el tiempo que vivimos 
hacia el morir caminamos, 
rodeando, si velamos, 
y atajando, si dormimos.
Del que te burló primera, 
guárdate la vez segunda; 
mas si en efecto segunda, 
vélate bien la tercera.
Y piensa que el trato vil 
redunda en tu menosprecio: 
que si eres tres veces necio, 
lo serás trescientas mil.
Nunca digas mala nueva, 
y, si descanso codicias, 
no le arriendes las albricias 
al correo que las lleva.
Esto, hijo, no se entiende 
cuando puede el desengaño 
evitar un nuevo daño 
que del primero depende.
Mas vale un tardar prudente, 
aunque causa pena esquiva, 
que la priesa intempestiva 
si el caso no la consiente.
Que mejor es con trabajo 
esperar lo deseado, 
que perder lo trabajado 
por codicia de un atajo.
No quiero decirte mas, 
que lo divino y humano 
es un fácil canto llano 
si razón lleva el compás.
Si el colegio de Talía 
te diere furor divino, 
sigue el honesto camino 
y nunca dél te desvía.
Sean por ti celebrados 
los generosos motivos; 
no los amores lascivos, 
ni gustos desenfrenados.
Los insignes caballeros 
que murieron en la guerra, 
no sátiros en la tierra, 
ni en el mar ninfas en cueros.
Las obras dignas de fama 
cantarás en grave estilo, 
no las riberas del Nilo 
ni mudanzas de una dama.
Oye misa cada día 
y serás de Dios oído; 
témele y serás temido 
como un rey decir solía.
Ama su bondad y en Él 
amarás sus creaturas, 
y serán tus obras puras 
en este mundo y aquél.
Téngate Dios de su mano, 
y, para que el bien te cuadre, 
sirve a tu hermosa madre, 
ama a Juan, tu dulce hermano 
y no me olvides.— Tu Padre.
Inclusa.
La vida es largo morir 
y el morir, fin de la muerte; 
procura morir de suerte 
que comiences a vivir.










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