En la toma perfecta, cuando el guión es bueno y los actores fingen dignamente ser héroes, el tiempo marca estrías, va apagando uno a uno los focos y la banda sonora se interrumpe. Sensación de pantalla desgarrada la insuficiencia siempre de vivir. Qué frágil la película que intentamos rodar en esas horas para sesión privada y clandestina en la pantalla interna de los párpados. Un insípido tono pudoroso de noche americana en las irisaciones del deseo, ni siquiera el siena matizado del pasado indoloro nos acude. Sueño de gabardinas por calles satinadas de humedad, labios muy densos, casi negros desde la sala. Juventud, cinta de celuloide erosionado, un guión mediocre, Problemas de doblaje.
Si de algún modo muero,
en las crudas heladas del olvido
o de muerte oficial,
reléeme esta nota, por favor,
y quemala conmigo.
La vida no iba en serio ni siquiera más tarde.
Y no se tarda mucho en comprender
que se trataba sólo de unos juegos
para aparcar la muerte.
Ni siquiera fue un río
pues me tocaron tiempos muy duros de sequía
aunque el mar esperaba, siempre radiante, al fondo.
He creído en los mitos y he creído en el mar.
Me gustaron la Garbo y los rosales de Pestum,
amé a Gregory Peck todo un verano
y preferí Estrabón a Marco Aurelio.
Carpe noctem amor. Coge el brusco deseo ciego como adivino, los racimos del pubis y las constelaciones, el romper y el romper de besos con dibujos de olas y espirales. Miles de arterias fluyen mecidas como algas. Carpe mare. Seducciçon de la luz, de los sexos abiertos como tersas actinias, de la espuma en las ingles y las olas y el vello en las orillas, salpicado de sed.
Desear es llevar el destino del mar dentro del cuerpo.