Amante
No era un sueño y sí una realidad hiriente
que el cristal límpido de su alma reflejase
un sapo inmundo;
porque, cuando miraba a su amante, un viscoso humor,
una vegetal linfa de asco y húmedo aliento
empañaba el transparente vitral
de su estimación humana.
Porque a veces su mirada caía sobre él como
una mano acariciante
y una dulzura de lágrimas hincaba sus rodillas
para lamer el viscoso fango de su húmedo vientre,
y aquel sapo era como un niño a quien
se estrechaba entre los brazos,
suyo, enteramente suyo, defendido
como cachorro tierno
por un turbión caliente de cariño y de celos.
Pero el amante era frío como un verdugo experto,
afilaba cuchillos para un lento suplicio
de herir, de despreciar, de retorcer el alma que le amaba,
la mansa y dulce alma, sumisa por completo.
Exprimía el corazón como un viejo guiñapo,
con el gesto, con la mirada, con el silencio,
para después prostituirlo ofreciéndose todo a su beso,
y mientras la baba de la lujuria chorreaba
fecal en su rostro,
el látigo de Sade azotaba sabiamente,
y el alma era como un perro azotado que lamía el suelo,
la sandalia, la mano
de la carne todopoderosa, fría dueña de todo.
(Del poemario Una voz cualquiera. 1959)