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lunes, 28 de abril de 2014

A las tres copas digo esto








A las tres copas digo esto

Los niños que juegan y la gente
del bar son mis amigos. Pasa una mujer
deprisa con su hijo, entra un hombre azul oscuro
con un claro designio: jugaremos a las cartas
o al dominó, somos tres.
     He decidido escribir
poesías concretas. Envejezco, se necesitan
realidades, no humo.
                   Y sin embargo un humo
me nubla la vista, se interpone, suavemente,
entre la Cosa y yo, y todas las aristas
pule: el mundo ya casi no hace mal.

A las tres copas digo esto: fíate,
barca de san Pedro, bajo
cansadamente por las aguas
de otro tiempo. Me llegan hasta las rodillas.




A les tres copes dic això
 
Els nens que juguen i la gent 
del bar em són amics. Passa una dona 
de pressa amb el seu fill, entra un home blau fosc 
amb clar designi: jugarem a cartes 
o al dòmino, som tres. 
                                        He decidit escriure 
poesies concretes. Envelleixo, calen 
realitats, no fum. 
                             I tanmateix, un fum 
ara m’entela, s’interposa, fluix, 
entre la Cosa i jo, que totes les arestes 
afina: ja el món quasi no fa mal. 


A les tres copes dic això: refia’t, 
la barca de sant Pere, baixo 

cansadament per les aigües 
de l’altre temps. M’arriben als genolls.

viernes, 14 de marzo de 2014

Plaza vieja








Plaza vieja

Mi kiosco, mi farol,
son los de esta plaza. Restaurante
económico con soportales y platos a diez pesetas,
el ruido de las motos, la cruz de la farmacia
y la camisa colgada en el balcón
como un ahorcado cabeza abajo.
Conozco un matrimonio
bien avenido, dueños del bar, gente gorda,
que se divierte bastante, bajo las sábanas,
honestamente, por la noche. Al despertar piensan
que el negocio prospera: ayer heladera nueva,
de las eléctricas. Y buenos clientes
las mañanas soleadas y las tardes lluviosas.
Entre la mujer, él y el padre se las arreglan;
todo queda en familia. Ciertamente,
exige sacrificios tener un bar y, sobre todo, las tapas
calientes, variadas, requieren mucho cuidado
y no descansar nunca. Pero que al menos el día
de fiesta a la semana no nos lo quiten:
en el barrio viejo todos están de acuerdo,
y yo también.
    Ya estamos en otoño.
No tiene sentido aquí hablar de hojas secas,
pues el único árbol es el farol, pero
yo voy cayendo poco a poco dentro
de mí mismo, del otro que hay debajo,
muy lejos, detrás de muchas capas
de tiempo; lo veo como por un árbol,
se dirige desde el sueño
hasta la fría mancha
morada del alba,
donde, legañoso, el día se restrega los ojos.