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lunes, 4 de agosto de 2014

También caja de música


 

A veces me pregunto
qué se hizo de todo cuando nada.
De la puerta del mar en donde el mundo acaso.
De la exquisita voz de Leonor.
De la vida que fuera trazada con compás.
De la guerra del Cáucaso.
De esa niña que, torpe, me lamiera la espalda.
Del oro de la música en hilos como notas.
Del Abel que no hallo o igual de su asesino.
Qué se hizo, quizás, el dios de los aztecas.
De las calles que un día pisara en Buenos Aires.
Del signo que ya nunca se impregnará en mi frente.
De esa triste balada que emitieron mis labios.
Del agua en la vigilia o también de la sed.
Qué se hizo de mí o si yo mismo
sigo pensando esto entre la ausencia.

sábado, 12 de julio de 2014

En el principio fue el número



 
Creárase la soledad,
el doble de ella misma,
e incluso el triple y llegárase al siete de la nota,
al lugar del descanso, al punto geométrico,
al triángulo exacto de la transmigración perenne
-el alma que se escapa entre los brazos quietos
y el triángulo -viejo- con sus catetos rotos-.
Y de nuevo hacia el uno, 
hacia la sola agua. Consonancia perfecta
el uno con el dos y cada nota, fija, en esa vibración,
exactamente el doble en las octavas altas.
Creárase la soledad, el infinito nunca de la música,
el punto equidistante entre la nada.
La piel del hombre, un árbol.
En su interior, lo solo y el dos y el tres en su
costado
y el cuatro y nuevamente el cinco con sus dedos
correctos
y el seis (como de hombre) y el siete del retorno.
El ser, así, girando en desmesura, como un sonido
ciego
y un estuche, desnudo en cada muerte.
 

miércoles, 2 de julio de 2014

Judías blandas avistando la muerte





Sellado y transparente,
reverberando allí como ese Cristo muerto,
el mar. 
No más la piel del mar que ocultara a aquel perro
dormido que, a la sombra de la arena, cobija
todas sus inquietudes.
La chuleta que verá levitar,
por ese mandamiento, sobre el hombro desnudo
de la mujer prohibida.
El pan de cada día que en las guerras 
se nos hace más grave.
Y esa trasparencia de la luz,
los relojes que, blandos, avistan hacia nada.
El ojo de Mae West como un péndulo fijo.
El sexo que, cual rosa, viene a dar a la mar.
No más esa mujer, ventana,
observando, tranquila, la cara de la vida
y un montón de pinceles, desnudos,
esperando la muerte, o el ocaso.