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jueves, 4 de septiembre de 2014
A LA ORILLA DEL ARROYO IV
IV
Fuime por aquellos valles,
fuíme por aquellas vegas;
mas…¡mi corazón estaba
muriéndose de tristeza,
que odiosas me eran las flores
y odiosas las fuentes me eran.
Torné junto el arroyuelo
donde a la doncella viera….
El arroyo encontré al punto,
¡mas no encontré la doncella!
Pasaron días y días,
y hasta semanas enteras,
y yo no paso ninguna
sin que al arroyo no vuelva;
pero ¡ay!, que la pastorcica
mis ojos allí no encuentran,
lavándose las sus manos,
peinándose las sus trenzas.
miércoles, 3 de septiembre de 2014
A la orilla del arroyo III
III
-Si no te placen las flores,
vente conmigo siquiera,
y allá, bajo las encinas,
sentadicos en la yerba,
contaréte muchos cuentos,
contaréte cosas buenas.
-Pues eso menos me place,
porque el cura de la aldea
no quiere que con mancebos
vayan al campo doncellas.–
Tal dijo la pastorcica
y no pude convencerla
con estas y otras razones,
con estas y otras promesas.
Partíme desconsolado,
y prorrumpiendo en querellas
lloré por la pastorcica
que sin darme otra respuesta,
siguió a orilla del arroyo
entre enojada y contenta,
lavándose las sus manos,
peinándose las sus trenzas.
martes, 2 de septiembre de 2014
A LA ORILLA DEL ARROYO II
II
-Pastorcica de mis ojos,
admirado la dijera-,
Dios te guarde por hermosa;
bien te lavas, bien te peinas.
Aquí te traigo estas flores
cogidas en las pradera;
sin ellas estás hermosa
y estaráslo más con ellas.
-No me placen, mancebico,
respondióme la doncella,
no me placen, que me bastan
las flores que Dios me diera.
-¿Quién te dice que las tienes?
¿Quién te dice que eres bella?
-Me lo dicen los zagales
y las fuentes de estas vegas.–
Así habló la pastorcica
entre enojada y risueña,
lavándose las sus manos,
peinándose las sus trenzas.
lunes, 1 de septiembre de 2014
A LA ORILLA DEL ARROYO
I
Una mañana de mayo,
una mañana muy fresca, entréme por estos valles, entréme por estas vegas. Cantaban los pajaritos. olían las azucenas eran azules los cielos y claras las fuentes eran. Junto a un arroyo más claro que un espejo de Venecia, hallara una pastorcica, una pastorcica bella. Azules eran sus ojos, dorada su cabellera, sus mejillas como rosas y sus dientes como perlas. Quince años no más tendría y daba placer el verla, lavándose las sus manos, peinándose las sus trenzas. |
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