El cuerpo blanco del atardecer
Se desgarra y se vuelve escarlata,
Tajeado y drenado y desecado
Hasta volverse carmesí,
Y cuelga irónicamente
Con guirnaldas de niebla.
Y el viento
Soplando sobre Londres desde Flandes
Tiene un gusto agrio.
A veces me pregunto
qué se hizo de todo cuando nada.
De la puerta del mar en donde el mundo acaso.
De la exquisita voz de Leonor.
De la vida que fuera trazada con compás.
De la guerra del Cáucaso.
De esa niña que, torpe, me lamiera la espalda.
Del oro de la música en hilos como notas.
Del Abel que no hallo o igual de su asesino.
Qué se hizo, quizás, el dios de los aztecas.
De las calles que un día pisara en Buenos Aires.
Del signo que ya nunca se impregnará en mi frente.
De esa triste balada que emitieron mis labios.
Del agua en la vigilia o también de la sed.
Qué se hizo de mí o si yo mismo
sigo pensando esto entre la ausencia.
Oda sáfica | ||
| Dulce vecino de la verde selva, Huésped eterno del abril florido, Vital aliento de la madre Venus, Céfiro blando; Si de mis ansias el amor supiste, Tú, que las quejas de mi voz llevaste, Oye, no temas, y a mi ninfa dile, Dile que muero. Filis un tiempo mi dolor sabía; Filis un tiempo mi dolor lloraba; Quísome un tiempo, mas ahora temo, Temo sus iras. Así los dioses con amor paterno, Así los cielos con amor benigno, Nieguen al tiempo que feliz volares Nieve a la tierra. Jamás el peso de la nube parda Cuando amanece en la elevada cumbre, Toque tus hombros ni su mal granizo Hiera tus alas. ♥ | ||
Creárase la soledad,
el doble de ella misma,
e incluso el triple y llegárase al siete de la nota,
al lugar del descanso, al punto geométrico,
al triángulo exacto de la transmigración perenne
-el alma que se escapa entre los brazos quietos
y el triángulo -viejo- con sus catetos rotos-.
Y de nuevo hacia el uno,
hacia la sola agua. Consonancia perfecta
el uno con el dos y cada nota, fija, en esa vibración,
exactamente el doble en las octavas altas.
Creárase la soledad, el infinito nunca de la música,
el punto equidistante entre la nada.
La piel del hombre, un árbol.
En su interior, lo solo y el dos y el tres en su
costado
y el cuatro y nuevamente el cinco con sus dedos
correctos
y el seis (como de hombre) y el siete del retorno.
El ser, así, girando en desmesura, como un sonido
ciego
y un estuche, desnudo en cada muerte.
Burla y blasona la corcilla o gama,bien guarecida entre su bosque espeso,
Mas si, engañada de la hierba y grama,al raso campo extiende el pie travieso,
Así, mientras cerrado en mi asperezaviví, burlaba, Amor, de tus rigores;
Salí de mí, siguiendo la bellezade un paraíso con perpetuas flores,
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| Éstas que fueron pompa y alegría Despertando al albor de la mañana, A la tarde serán lástima vana Durmiendo en brazos de la noche fría. Este matiz que al cielo desafía, Iris listado de oro, nieve y grana, Será escarmiento de la vida humana: ¡Tanto se emprende en término de un día! A florecer las rosas madrugaron, Y para envejecerse florecieron: Cuna y sepulcro en un botón hallaron. Tales los hombres sus fortunas vieron: En un día nacieron y expiraron; Que pasados los siglos, horas fueron. | ||
Sellado y transparente,
reverberando allí como ese Cristo muerto,
el mar.
No más la piel del mar que ocultara a aquel perro
dormido que, a la sombra de la arena, cobija
todas sus inquietudes.
La chuleta que verá levitar,
por ese mandamiento, sobre el hombro desnudo
de la mujer prohibida.
El pan de cada día que en las guerras
se nos hace más grave.
Y esa trasparencia de la luz,
los relojes que, blandos, avistan hacia nada.
El ojo de Mae West como un péndulo fijo.
El sexo que, cual rosa, viene a dar a la mar.
No más esa mujer, ventana,
observando, tranquila, la cara de la vida
y un montón de pinceles, desnudos,
esperando la muerte, o el ocaso.
Pájaros de otro tiempo están cantando,
claustro dormido, túnel de las letras. Sobre su longitud emocionada, igual que sobre el pecho la vieira, la esperanza ascendida de las torres. El aire las rodea. «Creced, pujad», Gerardo os dijo... Cantan el constelado amor de Compostela, levantan por el aire, que es de todos, el solemne estandarte de la piedra. Aquí se junta el tiempo con la lluvia y pierde pie el silencio en la tristeza. Aquí se moja el alma de la patria –ciudad de mucha historia y mucha niebla–. El inseguro prado de las nubes, los distritos del agua, se le acercan. Novia del aguacero, húmedas van las alas de la tierra. Con los pies en el suelo sueñan las piedras. Con los pies en el suelo. Como todo el que sueña. |
Desayuno con poesía.